Buenos Aires se nos presenta indómita. Llena de papeles, cartones y plásticos repartidos en el suelo por el que camina enajenado de esa suciedad que pasa desapercibida para quien vive en esta ciudad. La calle Pasteur cruza Corrientes y para uno de sus extremos –en dirección a Rivadavia- los locales mayoristas pululan entre ojos rasgados y pieles amarillas que se desviven por lograr el sustento diario.
Peluches, carteras, lámparas, artículos electrónicos, chucherías y todo lo que se puede imaginar repletan la calle de colores y culturas. Chinos y centroamericanos aparecen de la nada -entre los vitrales de los locales comerciales, como hormigas que buscan su rumbo en esta sociedad bonaerense que se reúne a charlar, en torno al mate de política y esclavizante cotidianeidad.
Entre bocinas, colectivos, automóviles y motocicletas todo continua su camino polvorado en busca de esa felicidad que llaman dinero. En los ojos de una mujer sentada sobre un banquito a la salida de un local de artículos de plástico, con su cara marcada por el tiempo y el amor, se resume la vida cansada del nuevo milenio.
La ciudad se mueve sin cesar y el sol, tapado por esos edificios de principios de siglo comienza a esconderse y con ello se lleva la vida y un nuevo día.